Entrevista: YO DONA (13-04-13)

Felicidad es el estado de gracia que contagia hoy Blanca Portillo. Si la felicidad existe o no, si hemos de llamarla alegría o parecido, eso es ya otro cantar: ella la sueña, y la vive, como Segismundo sueña o vive. Un Segismundo ingenuo y bp5enérgico, iracundo y tierno, que se mueve por la escena con la fuerza y la pasión jóvenes que Blanca Portillo le presta. Más impúdicas sus emociones que nunca, que esto también le presta la Portillo, mujer. El clásico de Calderón en versión de Helena Pimenta lleva ocho meses rodando por teatros de España, entradas agotadas y ovaciones kilómetricas. La vida es sueño: toda la sala en pie ayer noche en el Lliure de Barcelona, edad media jovencísima. Sale Portillo de escena como chiquillo ardiente, dando botes regresa a bastidores, la sonrisa colgándole más allá de sus facciones. Duerme, sigue soñando , y se levanta molida. En cuanto reponga sus fuerzas, otra vez más: carreras, llanto, risas (sí, este Segismundo ríe en la tragedia, ¡albricias!). Le han dado el Premio Nacional de Teatro los mismos que la estafaron cuando fue a Mérida a dirigir el festival, verano 2011 (<<No, no; me lo ha dado un jurado independiente>>); la misma institución que ha puesto a la cultura impuestos de lujo, que quiere convencernos de que esto del arte y el pensamiento es banalidad prescindible, ¿mirarse al espejo e indagar en quiénes somos?, nada, vacío, ni un duro, tasas de lujo, Por su valentía y su lucha a favor del teatro se lo dieron, tranquila quiso quedar la conciencia del poder. <<¿Creían que me iban a callar? Pues me han dado aún más fuerzas.>> Advierte Portillo que a la próxima se propone sacar el teatro de las salas: <<¿Ves aquella explanada?>>. Pero estábamos en el sueño de Segismundo/Blanca, que es una realidad, otra, distinta; que dice le ha dado la vuelta a la cabeza. Y algo noto: que la Portillo de Mérida ha cambiado, lleva ahora vida y carcajadas como un mago en su manga, me hace llorar de risa a cada embestida, pregunta/respuesta. Y ya la dejo que vuelve al teatro. <<¡Intensa Portillo!>> (dice de sí misma), <<¡Segismunda!>> (le digo), Juan sin miedo, calzas verdes. Un cuento. Un sueño.  <<Un regalo es la vida.>>

YO DONA. <<Sueña el hombre lo que es hasta morir.>> ¿Aún te sorprende lo que sueñas/eres, como a Segismundo?

BLANCA PORTILLO:  Me sorprende cada día. Vivo mi personaje con una realidad absoluta, y cuando acaba la función me despierto y me doy cuenta del viaje que he hecho. Finalmente he llegado a la conclusión de que los sueños son una realidad, simplemente tiene otros códigos que una ha de distinguir; como el escenario: no es una mentira lo que pasa. Así es como vivimos: distintas realidades, distintos sueños.

¿Te lo ha enseñado Segismundo?

Esta obra me ha dado la vuelta a la cabeza, me ha enseñado que todo pasa y que las cosas hay que valorarlas aquí y ahora, vivirlas con intensidad: y cuando terminan hay que soltarse, nunca aferrarse, para que vengan otras. Pero sentimos una necesidad de sujetar las cosas, de que todo se quede quieto; y es imposible, la vida es una sucesión constante de movimiento. La felicidad y el dolor, el éxito y el fracaso, todo pasa. Cuando lo asumes, eres mucho menos infeliz.

Estabas dispuesta a que te masacraran por este papel, a que te confundieran con un hombre. ¿Ha sido así?

No. Lo que me preocupaba es que se juzgara el trabajo por haberlo hecho una mujer, quería que se juzgara sin género. Y así ha sido, incluso ha habido críticas que han obviado que es una mujer quien encarna a Segismundo, como nosotros en el escenario nos olvidamos de que soy chica en el primer minuto. Y así ha ocurrido también con el público, y esto es lo mejor que podía imaginar.

Impresionan tus ademanes y tu agilidad, Segismunda. Cuando sales de tu papel, y aunque no es ni mucho menos el primer hombre en tu carrera, ¿cuánto tardas en despertar y seguir siendo ese chiquillo indómito?

Nada. Tenemos un pacto: al terminar la función nos decimos hasta mañana. Él se queda y yo me voy con una energía altísima y feliz, con tanta adrenalina que necesito un par de cervezas antes de dormir, que además me reponen el líquido que pierdo. Y al día siguiente, estoy destrozada (ríe), pero lo reencuentro y su frescura vuelve a hacerme bien. Le he prestado lo que me pedía: una energía física y un aire de juventud y de inocencia, él mismo vive en una sorpresa constante.Y se lo he prestado porque lo tengo, conservo intacta una energía casi infantil, soy muy cría, todo me sorprende mucho. El día que pierda esto no sé si podré seguir haciendo este trabajo. Y es curioso: nadie se ha planteado si tengo la edad para hacer este personaje.

Cincuenta ya este año, Blanca, ¿te pesan?

Tengo el cuerpo muy trabajado y no siento el paso del tiempo, también porque no me lo creo: sospecho que hay una confusión, no es posible que tenga esta edad. Me mantengo de forma natural, la agilidad y la flexibilidad es algo que poseo desde niña. Además, pienso que la madurez es el esplendor de la vida: sé muchas más cosas y me siento bien y guapa, mis pechos y mi trasero están en su sitio, y ligo y esas cosas (reímos más). Y si no, vuelta al gimnasio.

Es curioso, porque también suele ocurrir en la escritura, a veces una se siente mejor en voz de un hombre, de un niño. ¿Te has preguntado por qué será así?

En el caso de Segismundo no me siento tan hombre, porque él ha vivido aislado y desconoce el arquetipo social masculino. Me interesa mucho más eso que dices: el niño, el tránsito al adulto, la incapacidad para controlar sus emociones y cómo va aprendiendo. Y esto me coloca en un lugar muy útil, porque yo todavía siento que estoy en ese proceso, que no he madurado tanto.

Es decir, que pesa más el hecho de que sea adolescente que el hecho masculino, entiendo. Pero ¿crees que has añadido algo al personaje de Segismundo por ser mujer?

Seguro que sí, y también por el hecho de estar dirigido por una mujer (Helena Pimenta). Los hombres tienen limitaciones emocionales, y nosotras le hemos dado esa falta de pudor que las mujeres tenemos a la hora de mostrar las emociones, al  menos en privado. El impudor emocional: llora, siente ira, dolor o miedo, y no se avergüenza. Siempre se ha imaginado a Segismundo como un señor grande y violento, y yo he visto un tipo frágil que siente miedo, y su ferocidad solo tiene que ver con la ira y la capacidad de destrucción. Pero no se ha puesto corazas, como hacen los hombres; le hemos quitado las defensas.

Alguna vez has agradecido a tu físico la posibilidad de meterte en la piel de un hombre, pero digo yo que no será solo cuestión de tener un aspecto ”anfibio”, que han dicho. Mi madre prefiere decir que somos mujeres hermafroditas, como caracoles. ¿Cómo lo ves, con qué te quedas?

(Se ríe.) Es bonito, sí. Afortunadamente no tengo un físico que me determine, me alegro muchísimo. Puedo jugar a ser profundamente femenina y sofisticada, y básica y …

¿Ambigua?

Prefiero llamarlo neutra. La neutralidad es algo que soy capaz de manejar.

Lo cierto es que también prolifera la especie del hombre sensible y fuerte a la vez. ¿Tiende la humanidad a ”hermafroditarse” o son excepciones que ha habido en todo los tiempos, como el personaje de Rosaura?

(Se ríe del palabro.) Hemos existido siempre, pero se nos ha obligado socialmente a subrayar de nosotras actitudes que nos definen como mujeres. Y todo esto está desapareciendo: la larga melena no significa ser más mujer. Y me creo muchísimo más mujer que muchísimas otras que parecen muy mujeres (ríe). Tiene que ver con una forma de sentir. Hay amigas que me riñen por cortarme el pelo así, ¡y ¿qué pasa?, mis hombres saben lo mujer que soy, no necesito melena ni escote permanente.

La frase es tuya: <<Mi voz es resultado de todo lo que he vivido>>. ¿Tu proverbial chorro de voz es sinónimo de chorro de vida?

Imagino que sí.

Blanca, ¿cuántas veces dirías que has pecado de exceso de pasión?

Estoy en constante pecado, condenada: no sé vivir sin pasión, no conozco la indolencia. Y a veces me gustaría, me entreno para no tomarme todo con tanta intensidad, me llamo INTENSA PORTILLO. Me produce grandes dolores, pero la verdad es que también grandes pasiones. Vivo en una montaña rusa interesante, miro la vida con mucha hambre.

¿En el amor también eres pasional o te reservas?

Si, si, muy pasional, y también es un problema (se ríe). Una vida sencilla, plácida, cotidiana, me parece lo menos sexy del mundo. Sé disfrutar de la placidez, pero no puedo mantenerla demasiado tiempo, me aburre. Soy un poco torbellino, qué le voy a hacer: te lo podrían decir algunos de los hombres con los que he estado: estar conmigo es como estar con muchas mujeres distintas, cada día es una sorpresa.

Te gusta decir que te has casado con el teatro, ¿simple cuestión de no querer compartir piso, eso es todo?

(Se ríe muchísimo, como chiquillo Segismundo.) Hay una parte de importante en ello, si: no me gusta la convivencia, compartir piso es un problemón. Opté por casarme con mi profesión, me entregué y fui abandonando cosas por el camino, y esto me ha hecho ir disfrutando de mi soledad: soy una solitaria feliz, me gusta mi casa, cómo he organizado mi vida yo solita, y no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Por suerte hay ya muchos hombres que entienden esto.

La inmensa mayoría opta por lo contrario, ¿seremos raritas?

Yo no me siento tan rara, aunque todavía prevalece esa observación de (pone voz de conciencia colectiva): <<Ah, ¿tú vives sola?, ah>>. Y piensan: debe de ser rara, no habrá quién la guante. Se supone que biológicamente estamos destinados a vivir en pareja. Pero a mí me parece que esto está cambiando y que entonces seremos más respetuosos con el otro.

¿Es importante aprender a no desear demasiado?

Yo solo tengo un deseo: que la vida no se me escape sin darme cuenta; y el bienestar de la gente a la que quiero. Desear es muy angustioso, y si el deseo se cumple es terrible.

¿Lo aprendiste en casa, en el medio de una familia pobladísima, numerosa de honor, y con estrecheces?

(Se ríe mucho.) Pobladísima, sí, también por eso he acabado viviendo sola, ya no puedo con tanta gente (risas). Y sí, una familia de escasos recursos. No desear fue una lección de vida: cuando uno desea mucho, desaprovecha lo que le pasa por delante. Desde cría aprendí que lo importante no es lo que no tienes, sino lo que tienes ahora. Era tan valioso el estuche de pinturas como la gran y deseada muñeca que no te traíanlos Reyes; usaba la ropa de mis hermanas, los libros, las muñecas; el uniforme está usado, no pasa nada, tengo uniforme. Por eso me sigue sorprendiendo la vida, nunca he deseado estar donde estoy, y si lo hubiera deseado me hubiera perdido por el camino, que es lo bonito. No creo haber llegado a ningún sitio, me enfrento a los personajes como si fueran el último y me parece un regalo.

Ocho hermanos y una madre sola, ¿os cuidabais unos a otros?

Muchísimo, y aprendimos a no hacernos daño, nos hicimos buenas personas unos a otros. Son el pilar de mi existencia: y mi madre, por supuesto, que es lo más grande.

¿El más grave delito es nacer, como cree Segismundo y sostiene Schopenhauer, o la maternidad/paternidad?

No hay ningún delito en haber nacido y tampoco en procrear. Nacer es una bendición. La culpa es algo horroroso que todos podemos sentir, generada por nuestra capacidad de hacer daño, de destruir, y eso es lo que hay que gestionar: el respeto frente a la posibilidad de despreciar al otro.

¿Te abstienes?

No tengo hijos. Pero puedo sentirme culpable. Me culpo de todo, hasta del toro que mató a Manolete; va en el carácter.

Vamos con el Premio Nacional de Teatro 2012, ¿ha sido la consolidación después de lo de Mérida y demás? ¿Una forma oficial de lavarse la conciencia?

El Ministerio lo otorga, pero no tiene nada que ver en la elección, que es de un jurado absolutamente independiente. Y no creo que les haya lavado la conciencia, aunque dicen que están muy contentos.

Perdona la asociación, es inevitable.

He leído en internet que me va muy bien con el PP. ¿Perdón?, ¿eh?

Un premio a tu trayectoria, a tu valentía al asumir retos escénicos, también, y por tu defensa del teatro. Es decir, ¿lo dieron contra el patrocinio del premio?

(Se ríe en carcajada.) No sé cuánto les importa la cultura, que jamás debiera someterse a criterios políticos; me encantaría tener conversaciones con los individuos del Ministerio.

Creíamos que era necesaria, porque distingue al ser humano. ¿Quieren convencernos de lo contrario?

Lo plantean como si fuera un lujo superfluo, pero es lo único que puede hacernos perdurar, tener criterio, capacidad para percibir la belleza, para crecer. Sin debate, sin poder mirarnos en otros para ver qué somos, ¿qué sería de nosotros? Dejaríamos de existir. Los países desaparecen, los políticos y los ciudadanos pasan, y la cultura permanece; y no desaparecerá jamás, porque es un ansia del ser humano. Mi siguiente objetivo es sacar el teatro de las salas, que es otra restricción.

Hace un año decías: <<Como, vivo, pago mi casa y mis noches de felicidad, y ayudo a quien quiero gracias a mi trabajo>>. ¿Cómo pintan las cosas, 12 meses después?

Sigo viviendo así, porque como vivo aquí y ahora, sé hacerlo con cinco y con 25. No tengo necesidades absurdas.

Si Calderón pudiera verte interpretando a su Segismundo, se asombraría. Pero ¿crees que podrías gustarle?

Está muy contento, de lo contrario se habría manifestado ya. Y también Segismundo, al que pedí permiso; siempre imagino a los personajes en un limbo a la espera de que llegue el actor para volver a decir lo que tienen que decir, así que llamé a su puerta: (nudillos) ‘Hola, ya sé que tú eres chico pero creo que te entiendo’. Empezamos con miedo, pero ahora se siento a gusto con el cuerpo que le he prestado.

 

 

 

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