‘Me resulta más creíble esta María que la de las estampas’

  • ‘Ella guardaba todas estas cosas en su corazón’, dice la Biblia sobre la Virgen. Esas ‘cosas’ necesitaban una voz como la de la actriz madrileña en ‘El testamento de María’

Llega Blanca Portillo (Madrid, 1963) puntual pero “agotada”, dice, a la puerta del Teatro Valle-Inclán donde representa ‘El testamento de María’, de Colm Tóibín, hasta el 21 de diciembre. Son las 16.30, aún no ha comido y desde las siete de la mañana está grabando la serie ‘El chiringuito’ (Telecinco). No se queja. Son los gajes de un oficio que ama sobre todas las cosas. Y hay que ver lo que se le nota.

Portillo está soberbia en ‘El testamento de María’, bajo la dirección de Agustí Villaronga. No es una opinión; es un hecho si tenemos en cuenta el aplauso unánime de la crítica y el aplauso interminable con el que cada día termina su representación. Ella no tiene esa conciencia de éxito desbocado. O no la da por sabida, más bien. La modestia le alcanza para no atreverse a saludar a alguien que conoce “por si no se acuerda de mí”. ¿Acordarse de ella? Hablamos con Blanca Portillo, una actriz absolutamente inolvidable.

Está soberbia en ‘El testamento de María’. ¿Es consciente de ello?No, yo no tengo una conciencia muy clara del resultado final. Cuando estoy haciéndolo no tengo conciencia de lo que se ve al final; no estoy muy segura. Tengo más conciencia del camino que hago a lo largo del espectáculo que del resultado.¿Es su mejor trabajo?

Siempre tengo la sensación de que el último, por eso de ir escalando cada vez la montaña más alta, es el que mejor me ha salido. Y en este caso es una sensación muy clara. Igual por el proceso, porque ha sido muy hermoso, muy fácil. Porque lo he pasado bien, porque comulgo con él, porque me apasiona… Creo que he invertido toda la experiencia anterior.

Empezó este proyecto diciendo que no le gustaban los monólogos…¿Y ahora?

No me gustaban y me siguen sin gustar (Se ríe). Me parece que un monólogo es muy solitario, aunque he descubierto que aquí el espectador te hace la mitad del trabajo, pero echo de menos el trabajo con los compañeros. Éste es un caso muy particular. No me he podido negar a hacerlo porque me enamoró desde que lo leí, pero la idea de los monólogos me resulta muy solitaria.

¿Cómo llegó a sus manos la obra?

Pues un día estaba sentada una terraza que hay en el lateral del Teatro Español y en la mesa de al lado se sentaron Agustí Villaronga y Javier Pérez Santana, el productor. No me atreví a acercarme porque pensé que Agustí no se iba a acordar de mí. Pero yo veía que me miraban y yo les miraba a ellos… Y al día siguiente me llamó Javier y me dijo que venían del Español de proponerles un texto que querían que hiciera. Lo leí esa misma noche, lloré muchísimo, me emocioné, y al día siguiente le llamé y le dije: “Dejo todo y me voy a hacerlo”.

¿Se lo propusieron primero al Español?

Sí, estaban buscando una coproducción, tenían el Grec, y había que buscar un teatro en Madrid. Hablamos con diferentes personas y, finalmente, Ernesto Caballero y el CDN no lo dudaron ni un segundo. Directamente dijeron: “Adelante”. Y yo lo agradezco profundamente.

¿Qué le conmueve tanto del texto?

La idea de una mujer colocada en un lugar tan intocable; la santa por excelencia, la madre de las madres, la perfección… y de pronto descubrirle un lado tan humano… La medida de su sufrimiento, que en los textos religiosos no aparece… Transitar por ese dolor, que ella lo explique y lo viva, que ella describa lo que vio y lo que sintió, en los ojos de una madre me pareció conmovedor por completo.

En la obra, lo que a ella le duele es, como a cualquier madre, los desplantes de su hijo.

Eso tiene que ser terrible. Yo no soy madre, pero eso te hace ver las cosas desde dos lugares distintos: el sufrimiento de la madre, por supuesto, y a mí me coloca como hija, de cuántas veces hemos despreciado los sentimientos de nuestros padres. Ellos sufren de manera desmedida. El hijo tenía derecho a hacer lo que quería, pero la madre tenía derecho a sufrir.

¿Se planteó en algún momento que la obra podría ser ofensiva para alguien?

Sí me asustó al principio. Me llegaron noticias de que en Nueva York había causado cierto rechazo, pero este espectáculo es muy diferente al de Nueva York. Teníamos un cierto temor de que los creyentes se pudieran sentir ofendidos, pero me ha contado gente muy creyente que pensaba que la Virgen debió pasar ese dolor, ese miedo y esa rabia. Más allá de que haya pasajes de la función que no coinciden con los Evangelios, la obra ayuda a ver las cosas desde un lugar que ni habían imaginado.

¿Cómo ha sido trabajar con un director novel, aunque es un cineasta experimentado?

Pues ha sido muy fácil. Es un hombre con una sensibilidad enorme. No hay tanta diferencia entre dirigir actores para el teatro o para el cine. Había estudiado mucho el texto, había creado en su cabeza el personaje y nos entendimos perfectamente. A la semana y media teníamos tres cuartas partes de la función.

Ahora que también es directora, ¿hay que dirigirla mucho como actriz?

Sí, hay que dirigirme. Yo suelto todo lo que tengo y el director va eligiendo y afinando. Cuando actúo, y soy sobre todo actriz, no tengo ningún conflicto con la directora que llevo dentro. En todo caso favorece a la hora de actuar porque te da la visión general.

¿Qué es lo que más le cuesta decir de este texto tan hermoso y tan duro?

Todas las partes que tienen que ver con la sensación de abandono de ella; cada vez que siente que su hijo se le va. Y luego conjugar texto, verdad y actividad física… Hacer esas tres cosas juntas sin que se peguen entre ellas. Ideológica y verbalmente ese texto es muy potente, poéticamente es muy bello… Llegar a decirlo como se merece y hacer toda esa cantidad de cosas que hago es muy difícil.

María es un personaje lleno de ternura.

Es una ternura particular, porque no es nada blanda. Buscando mis referentes, hay en mi familia un abuela que nos adoraba, pero no era nada blandita. Era muy fuerte y su afecto era profundísimo. Agustí me dijo que era esa ternura; tiene que ver mucho con un sentimiento de inmensa protección hacia su hijo.

La propia María adora a una diosa…

Eso es un juego muy lindo. Es bastante lógico que ella no sea cristiana porque todo acaba de suceder. María, tal y como nosotros la concebimos, tiene algo ancestral de la madre tierra, de la mujer que no se entiende, que no pregunta, que abraza, que alimenta. Y ella busca en Artemisa lo mismo. Todos necesitamos que haya alguien que nos cuida.

¿Es usted creyente?

No, no lo soy. Creo en el ser humano por encima de todo, por eso me resulta más creíble esta María que la de las estampas. Esta mujer me hace sentir bastante mejor, creo que me podría comprender con facilidad.

Podría ser la madre de cualquier apóstol de la no violencia…

O de la violencia incluso. No olvidemos que, cuando Jesús aparece, abandera un movimiento casi de transgresión política y se monta una gran revuelta.

– Fuente: http://www.elmundo.es/cultura/2014/12/05/5480b42422601d03068b456b.html

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