Blanca Portillo «La risa y la comedia son la mejor lupa para ver el desastre»

La actriz y directora madrileña revela sobre el escenario la cara oculta de dos personajes eternos, el Tenorio y la Virgen, y aún saca tiempo para su televisiva pescadera en ‘El chiringuito de Pepe’. Entre col y col, lechuga.

Si por algo se ha distinguido la carrera de Blanca Portillo (Madrid, 1963) es por el afán de búsqueda. Después de transfigurarse en personajes como Hamlet o Segismundo, ahora interpreta otro más imponente si cabe: la madre de las madres, la Virgen, en El testamento de María, un monólogo del irlandés Colm Tóibín dirigido por Agustí Villaronga (Pa negre). Le recordamos al único hombre que, hasta donde nos alcanza la memoria, ha interpretado a la madre de Jesús. Bueno, mejor dicho, de Brian. Fue Eric Idle, de Monty Python. Ella carcajea: “¡Es verdad! Bromeamos sobre eso en los ensayos. Yo decía: ‘Si me pongo el velo así, soy como la madre de Brian’. Nos hace falta risa inteligente como la de los Python, porque es una magnífica lupa para ver el desastre. Por eso se prohibió la comedia durante siglos. El teatro es un espacio de comunión con los espectadores. Seamos inteligentes, atrevidos, generosos y… juguetones”. Atrevidos. Suena a declaración de principios. A Portillo parece que le pasa lo que a otro ilustre miembro de los surrealistas cómicos británicos, Michael Palin. El hilarante Poncio Pilatos en La vida de Brian e infatigable trotamundos en la vida real explicaba así su espíritu viajero a la BBC: “Desde niño, constantemente buscaba irme de donde estaba; siempre quería estar a la vuelta de la esquina”. Y eso le pasa a Portillo en el teatro. “De niña era un tabardillo, según me cuentan mis hermanos. Me metía en todos los charcos”. Pero le quita hierro a su avidez por explorar nuevos territorios: “Es fundamental quitar solemnidad a nuestro trabajo”.

– Salir de estos personajazos y pasar a la tensión sexual no resuelta con Jesús Bonilla debe de ser un alivio.

-Es muy divertido trabajar en El chiringuito de Pepe. No tengo problema en hacer la gansa profunda y al día siguiente interpretar a Medea. Escojo mis personajes con rigor pero no me tengo mucho respeto, ni ando pensando si hacer de pescadera me va a perjudicar.

– A remangarse y al tajo, ¿no?

– Claro. No hay que creerse ná de ná.

¡LA VIRGEN!

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El testamento de María se estrenó en el Grec, pasó por Madrid en diciembre e irá en marzo al Lliure y luego de gira por distintas ciudades. Blanca Portillo aclara que la obra “no es un simple monólogo: teatro vacío y una señora ahí subida, larga que te larga, sino un espectáculo teatral con una escenografía muy elaborada”.

– ¿Qué diferencia este montaje del que pasó recientemente por Broadway?

– Son diametralmente opuestos. Me lo decía el propio Tóibín: la temperatura de nuestro espectáculo no tiene nada que ver con la del americano.

– ¿A qué se refiere?

– Los actores anglosajones son más cerebrales y técnicos, lo que da un punto de vista distante. Agustí tenía la idea opuesta: sumergirse en las emociones y pasiones de esta mujer. A Tóibín le fascinó tener dos resultados tan distintos.

– Vamos al lío. ¿Es usted creyente?

– No.

– ¿Y cómo aborda una agnóstica un personaje de la historia sagrada?

– Como un personaje más. El autor lo plantea desde una perspectiva pagana. Para María, Jesús no es más que el niño que ha parido. Y no entiende qué está pasando.

– Una madre confundida.

– Eso me cautivó. Nunca me había planteado que la Virgen pudiera tener emociones tan… humanas [recalca el adjetivo]. El autor añade el componente de que no es seguidora de su hijo, que se ha metido en un berenjenal, una especie de secta.

– Las malas compañías.

– Es la reacción típicamente maternal: la culpa de todo la tienen los amigos. Y es muy hermoso ver ese desconcierto en un personaje que parecía intocable, que casi ni respiraba. Se hace terrenal: sufre, llora, rega- ña a Jesús, detesta a los discípulos.

Es el momento de salir a la terraza del bar. Estamos en una placita del Madrid de los Austrias que los chiquillos de un colegio utilizan como patio de recreo. Suena la campana. Ellos entran, nosotros salimos. La actriz ha preferido evitarlos porque muchos la siguen en El chiringuito de Pepe y mejor que no haya retrasos, en un rato tiene que estar dirigiendo otro ensayo del Tenorio.

¿Y SE RESPIRA MEJOR?

Portillo es como una dj de la interpretación. Imagí- nenla: agita los brazos desde la cabina de El chiringuito en televisión, mientras en un plato tiene a la Virgen María y en el otro una versión iconoclasta del Don Juan Tenorio de Zorrilla, con José Luis García Pérez al frente del elenco. Otro follón, esta vez como directora. “No se imagina qué locura. Estoy muy contenta, pero ¡son quince actores!”

– ¿Nunca había tenido un reparto tan grande?

– Hasta ahora el más numeroso había sido de seis. Es un espectáculo costoso y difícil de mover. Resulta casi increíble que podamos sacar de gira a quince actores y seis técnicos, con sus correspondientes seguridades sociales, dietas, sueldos, etc. Supone un caché elevadísimo. Se trata de una coproducción del Teatro Calderón de Valladolid y la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Su apoyo permitirá sacar la obra de gira, tras las funciones de enero y febrero en el Pavón de Madrid. “Una gira un tanto atípica, porque no podemos hacer fechas únicas. Soy consciente”, apunta Portillo con media sonrisa, “de que probablemente no gane un duro. Tampoco gané nada con La avería, pero al menos tenía un caché asequible. La confianza que mucha gente ha depositado en el espectáculo me produce un pánico añadido”. A pesar del pánico, se nota que a Portillo le van los fregados. Este consiste en dinamitar el condescendiente concepto que nuestra sociedad tiene de Don Juan, “un personaje que no es solo un icono, sino alguien real, alguien que te encuentras por la calle. Para mí representa un montón de ideas obsoletas que ya no deberían existir”, concluye la directora, que estrenó el espectáculo en Valladolid (donde probablemente más veces se ha representado), en el año del 150 aniversario del Teatro Calderón.

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¿Valentía o temeridad?

– Fue un acto de valentía de José María Viteri, director artístico del teatro. Yo le propuse mi Don Juan con la esperanza de que me comprara un par de funciones en algún momento. Y él, en cambio, decidió estrenarlo. la extraña pareja

– Tenorio y la Virgen María. Menuda pareja.

– [Ríe con pillería]. La verdad es que sí.

– Dos personajes opuestos y siempre una mirada distinta. A usted, ¿le inoculó alguien la inquietud o venía así de fábrica?

– Necesito superar límites y salir de mi franja de comodidad, de seguridad. Me pasa desde niña. Cuando hay aspectos del trabajo que ya dominas, podrías quedarte ahí y volverte Apalanquéitor. Yo no sirvo para eso. Y luego, claro, me he ido cruzando en mi carrera con personas que me han exigido cada vez más y me han enseñado que el teatro nunca es un lugar de comodidad. Jorge Lavelli, por ejemplo, me decía: “Tú no puedes hacer cualquier cosa. Tienes un compromiso con la cultura de tu país”.

– Usted que ha sido Hamlet y Segismundo, ¿no se planteó encarnar también a Tenorio?

– No. Lo detesto. Se ha creado una especie de leyenda que me asocia sistemáticamente con personajes masculinos, pero el Hamlet que yo hacía era en realidad una mujer, y el inquisidor de Alatriste, un papelito pequeño. No es que vaya a especializarme en papeles de hombre. Simplemente hago papeles que me gustan.

– Si es detestable, ¿dónde está el atractivo de Don Juan?

– Todos sentimos atracción por la transgresión. Entiendo el vértigo que produce Don Juan, pero me inquieta que nunca se le haya visto como lo que es, un asesino, un violador y un maltratador, sino como un valiente galán que hace siempre lo que le da la gana.

– Un espíritu libre.

– Exacto. Y no [rotunda]. Ya está bien. Este tipo no respeta nada. Solo le salva que no miente sobre sí mismo. No niega lo que es.

– ¿No redime al personaje canalla el amor verdadero? O más bien, el enamoramiento.

– El amor no te salva de nada. Nosotros no le perdonamos.

REBOBINANDO

– Allá por 1985, recién salida de la Resad, debutó en las ‘Bodas de sangre’ de José Luis Gó- mez. ¿Fue un golpe de suerte?

– Fue empeño de mi maestro Pepe Estruch, que me empujó a hacer la prueba. Gómez solo quería alumnas suyas, porque sabía que su gente trabajaba bien el verso. Sin embargo, yo estaba más pendiente de un personaje maravilloso que me iban a dar en la función de final de curso.

– Que era…

– El rey Juan, de Shakespeare.

– Bah, un autor menor.

– [Ríe.] El caso es que me cogieron para el papel y estuve de gira por el mundo entero con la compañía de José Luis Gómez. Con solo veinte años y a punto de casarme.

– ¡No me diga!

– Tenía mi novio, mi casa y mi boda a la vista. Pero a la vuelta de la gira, después de ver tanto mundo, ya no quería casarme.

– ¿Y se canceló todo?

– Sí. Cerré una puerta y se abrió otra que ahí sigue, de par en par.

– Una reseña de su Hamlet se titulaba: “Santa Blanca Portillo sube a los cielos”. ¿Los halagos le incomodan?

– Me dan pudor. De verdad que no creo que sea para tanto. Mi sensación es que yo cojo mi pico y mi pala y trabajo. Me cuesta valorar los elogios.

– ¿Qué crítica negativa le ha hecho más daño?

– Tuve una por mi papel en El matrimonio de Boston que me dolió. Me reprochaban que venía de la televisión y que este tipo de intérpretes no valen para el teatro, cuando yo de donde vengo y de donde nunca he salido es del teatro, desde los veinte años. Me dolieron la desinformación y el clasismo estúpido que distingue entre actores de un medio y de otro.

– ¿Qué directores le han influido más y por qué?

– Debo mencionar tres al menos. José Luis Gómez me abrió las puertas al trabajo con la palabra y al rigor en la expresión. Después con Jorge Lavelli descubrí que el teatro es una lectura de la realidad, pero con vida propia. Él no hace teatro para imitar a la vida, sino para inventar una vida nueva. Aquello me cambió. Y luego llegó Pandur. Con él descubrí a alguien que prepara el montaje a tu lado: dos creadores a la misma altura para construir un mundo juntos.

– Antes decía que Lavelli le hizo ver la responsabilidad del actor de “contribuir”.

– Yo voy al teatro a que me cuenten una historia que me descubra algo que no sé o que me haga pensar sobre mi vida. Mi obligación es descubrir gente en movimiento en mi país, juntarme con ellos y darle al espectador la posibilidad de abrir su corazón y su mente. No se trata de pasar un buen rato. O no solo.

Y VENGA PREMIOS

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En 1997, Blanca Portillo recibió su primer galardón, el Ojo Crítico de Radio Nacional. Desde entonces el goteo ha sido incesante: varios premios Max, Premio Nacional de Teatro, Premio de Interpretación en Cannes, Concha de Plata en San Sebastián…

– Le lloverán ofertas.

– No se equivoque. Le digo lo de antes: no es para tanto.

– ¿Qué criterio manda al escoger un guion o un texto?

– Ya hemos hablado antes del rigor y de lo que aprendí de mis maestros. Siempre he elegido solo aquello en lo que creía, incluso cuando no podía permitírmelo porque me hacía mucha falta trabajar. La única vez que hice algo sin creérmelo lo pasé tan mal que casi monto un bar en Palencia.

– ¿Literalmente?

– Es un decir. Pero de verdad que sentí ganas de dejarlo todo.

– ¿A qué le suena esto: “Gonzalo, ten cuidado, que a ti te lía hasta la abeja Maya”?

– Gonzalo y Carlota eran una pareja maravillosa. Y los guiones de Siete vidas, fantásticos. Nadie imaginaba lo que aquello daría de sí. De hecho, la primera temporada no fue para tirar cohetes, pero porque la audiencia no estaba acostumbrada al formato sitcom, al público en directo…

– ¿De nuevo la risa inteligente?

– Leyendo los guiones, te dabas cuenta de la inteligencia con que estaban escritos y de lo reales que eran los personajes. No eran fantoches. Si serían buenos los guiones, que la gente te paraba por la calle para que hablaras como los personajes. “A ver, dime algo”. A mí, que no tengo ni puñetera gracia.

– Terminemos. Si fuera ministra, ¿qué haría para salvar el teatro?

– Ser ministro de Cultura no garantiza que puedas salvar casi nada. Crearía el caldo de cultivo para una regeneración real y natural que trajera nuevos creadores: posibilidades de espacios, educación del espectador, revalorización de la cultura. Pero sin intervencionismo. De todos modos, no me gustan ni la política ni los políticos. Trabajé en un lugar público y allí descubrí cosas que jamás podría sostener.

Mientras se fotografía, la actriz confiesa que, cuando un montaje no le deja dormir, su viejo maestro Pepe Estruch se le aparece en sueños para darle consejos. “Además tengo esto”, dice señalándose un gran anillo en el dedo, “es cuarzo citrino y sirve para tomar buenas decisiones”. Un regalo de Agustí Villaronga. Por fin dejamos que vuelva a sus ensayos del nuevo Tenorio con sus quince actores. Guarda las gafas de pasta y vuelve a ponerse las de espejo que traía cuando nos citamos y que tan bien le cuadran con la chaqueta de cuero. Y en un santiamén ya está a la vuelta de la esquina, como Michael Palin, el Python viajero. Como los buenos exploradores británicos, Michael Palin. El hilarante Poncio Pilatos en La vida de Brian e infatigable trotamundos en la vida real explicaba.

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