“Nos construimos gracias a la memoria”

La actriz madrileña, uno de los grandes nombres de la escena nacional, regresa al Cuyás con ‘El cartógrafo’, de Juan Mayorga, junto con José Luis García-Pérez

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Cuando emprendemos un viaje por senderos nuevos e ignotos, el mayor descubrimiento puede ser el de nosotros mismos. Son tus huellas el camino, dictan los Cantares de Machado, como si cada país, comunidad o persona pudiera releer su propia historia siguiendo las cruces en el mapa de sus pasos.

Y desde esta noción de la vida y del teatro como un proceso cartográfico de búsqueda y testimonios, Juan Mayorga despliega el montaje El cartógrafo, su tercera aventura en la dirección teatral, con Blanca Portillo y José Luis García-Pérez como compañeros de cabina, quienes sostienen sobre sus hombros todas las variaciones y metáforas de los mapas en escena. Escrita en 2009, a partir de un viaje de Mayorga a Varsovia, el escenario de El cartógrafo se sitúa en la capital polaca y bascula entre dos tiempos narrativos; 1940 el gueto de Varsovia, donde el régimen nazi reprimió y masacró a 400.000 judíos en 10.000 kilómetros cuadrados; y el presente, la Varsovia contemporánea, que ha ido borrando de su mapa todos los vestigios de la infamia, pero abriendo paso a su vez a esa amnesia histórica que también padece España.

Para Portillo (Madrid, 1963), quien también produce el montaje y que, junto con su coprotagonista, se desdoblan en una docena de personajes en el escenario, El cartógrafo aloja ” varios caminos de búsqueda, donde todos confluyen en una necesidad de aprender a vivir con tu propia historia”. El primer personaje de Portillo en la trama, al que Mayorga otorgó el nombre de Blanca para invocar a la actriz, inaugura este viaje teatral cuando escucha la leyenda de un anciano cartógrafo en el gueto de Varsovia, quien, según cuentan, dibujó el mapa de aquel mundo en llamas mientras todos morían a su alrededor. Y cuenta también que, como sus piernas apenas le respondían, encomendó a su nieta de 11 años a salir a la calle en busca de los datos que requería para completar la leyenda de este mapa, antes de que el olvido diluyese todas las huellas.

“El periplo que realiza el personaje de Blanca a lo largo de la función, cuando empieza a investigar la historia del anciano y la niña en el gueto de Varsovia, sirve de catapulta para empezar a bucear en nuestros propios olvidos cotidianos”, señala Portillo. “Y a través de este viaje, Blanca va entrando en su propia vida y, poco a poco, termina por completar su propia búsqueda, su propio mapa, como si cerrase el círculo del dolor y aprendiese a convivir con él para poder mirar hacia adelante”, añade. “En el fondo, la obra es muy positiva”.

La actriz señala también que la memoria de esta herida colectiva como trasunto de la búsqueda de uno mismo resulta en “un trabajo que va desde la cuestión individual hasta la cuestión universal”. “El cartógrafo se va abriendo como una muñeca rusa, desde el corazón del individuo al corazón de tu país, tu continente y tu mundo”, explica. “El texto habla de la dictadura del presente y de la necesidad de no olvidar, porque nos construimos gracias a la memoria”. A su juicio, “la obra cuestiona que seamos capaces de borrar lo que nos ha ocurrido en la vida para mirar al futuro, como si eso nos fuera a hacer mejores”. “A través de este texto, Mayorga aboga por mirar siempre hacia atrás sin dejar de mirar hacia delante, porque no podemos olvidar que somos el resultado de todo lo que hemos vivido”. En este sentido, “el horror que ocurrió con los judíos es, probablemente, la herida de la que el mundo no se ha recuperado todavía”. “Lo peor es que pensábamos que no volvería a ocurrir”, advierte. “Y por otra parte, no conozco a nadie que no tenga un dolor profundo en su vida, una herida. No conozco ningún país que no la tenga; algunos la tienen cerrada, otros la tienen abierta todavía, pero no conozco en el mundo ningún lugar donde no haya dolor. Y de eso habla esta función”.

Aunque la obra está concebida para representarse con 11 intérpretes, Portillo proyectó la idea de defenderla con dos actores. “Cuando se lo propuse a Juan, se murió de la alegría y, como está tan loco o más que yo, le dio una vuelta y al día siguiente dijo: ¡Vamos a ello!”. Así se hizo realidad el reto de interpretar a 12 personajes en distintos tiempos y espacios a partir de una escenografía minimalista, un potente juego cromático en el vestuario basado en rojo sobre negro y un ejercicio interpretativo “que es la pirueta máxima”. “Parecía imposible que esto se pudiera hacer entre sólo dos personas, pero ese ha sido el gran hallazgo y ha sido un viaje absolutamente maravilloso, porque la función está construida desde un punto de vista muy cartográfico, donde lo importante son los símbolos”, explica la actriz.

‘La Portillo’, como se la conoce cariñosamente en el sector, realizó el mismo viaje que emprendió Mayorga en Varsovia, donde germinó la idea de El cartógrafo cuando, a partir de unas viejas fotografías, quiso buscar esos escenarios en un presente sin recuerdos. “No sé cómo hubiera hecho esta función si no hubiera ido a Varsovia; no digo que hubiese sido mejor o peor, pero no hubiese sigo igual, porque tomé conciencia de muchas cosas”, confiesa. Sin embargo, la representación de este abanico de personajes en la obra comportó uno de sus mayores retos interpretativos. “Hay un momento en que la niña de 11 años le cuenta a su abuelo, que no puede salir a la calle, los horrores que se están viviendo fuera”, revela. “El día que ensayamos esa escena, le dije a Juan que no podía. Yo pensaba que un actor era capaz de interpretar cualquier cosa, y que su imaginación, su bagaje y su técnica le valen para hacer desde un insecto a un rey; pero aquí me di cuenta de que hay cosas imposibles de interpretar. No soy capaz de entender cómo viviría una niña de 11 años ese horror en su propia carne. De alguna manera, con esta función he encontrado el límite a mi capacidad actoral. Finalmente, lo resolvimos, de una manera que podrán descubrir en la obra”.

Y a partir de estas señas, los senderos por los que transita El cartógrafo debe completarlos el espectador. “Otra de las obsesiones de Mayorga es que el espectador sea parte del hecho teatral, con lo cual exige que ponga de su parte, que imagine y que acabe de construir la historia de una manera inteligente”, explica. Sus artífices sólo cuentan con la palabra y el cuerpo para evocar las variaciones de los mapas. Pero a juicio de ‘La Portillo’, “la palabra tiene capacidad para evocar en el espectador mucho más de lo que creemos. Sobre todo, cuando transitas esas palabras desde la honestidad y la emoción”.

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